Son
las seis de la mañana y estoy en el garaje del albergue haciéndole
compañía a mi rucio y repasando el recorrido de hoy. Solo tengo
información hasta Arzúa ya que allí se unen el camino del norte
con el francés. Veo que de Sobrado a Arzúa hay 21,4 Km. y como
siempre, son subidas y bajadas, pero no parecen muy pronunciadas,
luego hasta Santiago hay 39 Km. más. De momento, llegaré hasta
Arzúa y según me encuentre seguiré o no, de todas formas me
parecen pocos veintiún kilómetros, así que es posiblemente que
siga.
Hace
sol y mi sombra se proyecta hermanada a la de mi rucio. Podemos
decir que somos solo uno, porque efectivamente sin él yo no hubiera
llegado hasta aquí, y él sin mi.
A
partir de Arzúa se nota la afluencia masiva de peregrinos del
Francés, que nosotros realizamos en el 93. Ahora parece esto una
romería.
-
¿Te acuerdas, mi rucio, que jóvenes éramos?
Pero
no es el momento de nostalgias, si no de seguir adelante y de llegar
cuanto antes a nuestra meta.
Un
cartel nos indica que ya estamos cerca.
-
¡Una cabalgada más y llegamos!
Una
paradica, ya sabéis para que, ¡esta próstata!, y aprovecho para
que un peregrino anónimo nos inmortalice junto al pequeño, pero
artístico, monumento de piedra.
Decidimos
abandonar la carretera y hacer los últimos kilómetros por el
camino por el que van los andarines.
Algunos
viajan bien y ¡luego dicen de la vida perra!
-
¿Te fijas, lo bien equipado que va? No le falta detalle.
Cualquiera
que me vea hablando con mi rucio pensará que se me ha ido la olla.
Suele pasar. Verdaderamente hay que tener la azotea bien amueblada
para ir kilómetros y kilómetros solo y sin hablar con nadie. Pero
bueno, esto no es nada comparado con los aventureros que van al Polo
o los montañeros a el K 2.
-
¡Por fin hemos llegado! Ya estamos en el Monte del Gozo!
¡Lo
hemos conseguido! ¡Venga, la última subidica hasta el
monumento
para hacernos la foto!
Cruzamos
las calles de Santiago, una peregrinación numerosa de jóvenes entra
cantando. No se si es muy apropiado, cuando apenas ha pasado una
semana del accidente, pero...ellos sabrán.
Alguna
foto más a los numerosos monumentos de la Ciudad, tantas veces
fotografiados, que siempre me causan admiración.
Javier
y Jorge, que no me esperaban, están tomando una cerveza en un
velador, comparto con ellos cerveza y conversación, nos despedimos
por enésima vez.
Luego, yo me encamino hacia el albergue particular
en el que estuve en el 2.011. Doy unas cuantas vueltas y al fin lo
encuentro, ¿cómo puede la memoria jugarnos estas malas pasadas?
¿sera cosa del “alemán”?, no quiero ni pensarlo.
Después a por La Compostela. Si quieres, te la dan en un cilindro de cartón para que no se arrugue, y vale un euro, aparte de la aportación voluntaria. Mas tarde a la Renfe. Para mañana no tienen directo, tendré que esperar hasta el martes. Por cierto el tren es del mismo tipo que el del accidente ¡Toquemos madera! Ahora eso si, consigo un descuento considerable. (Será para animar al personal)
La
joven alemana que me ha atendido en el albergue me ha recomendado una
pulpería casi en el extrarradio, ella vive por allí, en la que he
cenado muy bien y relativamente económico, aparte de enrollarme con
unos paisanos y compartir unas botellas de ribeiro que estaba riquísimo.
Paseo
por Santiago al anochecer, hay ciudades como esta, otra sería por
ejemplo Cáceres, que tienen un encanto especial a estas horas.
La
vida sigue, y unos estudiantes que no se que estudian, porque algunos
peinan canas y otros lucen calvas como las bolas de billar (“Villar:
enséñale las bolas a la profesora”) y que se ganan la vida con el
“parche” (+),
dan un concierto debajo de los porches del Ayuntamiento seguido por
numeroso público que corea y aplaude sus canciones.
No
tengo prisa, llevo llave del albergue, mañana no tengo nada que
hacer, bueno si... descansar. Pero creo que: “ya va siendo hora de
que los peques se vayan a la cama”
¡Felices
sueños!
(+)
En el argot estudiantil “vivir del parche”, era vivir de lo que
se obtenía de pasar la pandereta en actuaciones, bodas y comuniones.
Y hubo un tiempo, según me han asegurado, que se vivía bastante
bien del “parche”.



















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