Siguiendo
las indicaciones de Pablo, desciendo del monte Kobetas hasta la plaza
del Sagrado Corazón (foto 69), y recorriendo una gran avenida que
discurre a lo largo de la margen derecha de la ría (foto 70), me
dirijo hacia el puente colgante (foto 71), ahora llamado “puente de
la Patria Vasca”, para pasar a Portugalete (foto 72).
Así me
evito cruzar toda la zona industrial de Baracaldo y Sestao. ¡Gracias
amigo!. Un ciclista al que pregunto si voy en la dirección correcta, me acompaña casi hasta el mismo puente, evitando un túnel peligrosísim. Se ha ganado una cinta (¡a este paso no se si me van a llegar hasta Santiago!).
A
la parte alta de Portugalete se accede por unas escaleras mecánicas
que más bien son unas cintas transportadoras metálicas en varios
tramos, muy curiosas (foto73). También me llama la atención la
escultura, un poco naif (foto74), dedicada a las pescateras que
vendían su mercancía casa por casa:
“Desde
Santurce a Bilbao
vengo
por toda la orilla,
con
la falda remangada
luciendo
la pantorrilla,
porqué
me oprime el corsé
voy
gritando por las calles :
¡Quien
compra!
Sardinas
frescué es.
Mis
sardinitas
que
ricas son
son
de Santurce
las
traigo yo … (y sigue).
¡Que
recuerdos! Cuando la cantábamos con mi padre conduciendo “la
rubia”, a voz en grito, junto con el resto de repertorio de
canciones populares. Ahora me parece que ya no se canta en los
coches como antes: los críos con la Nintendo y los padres mirando
cada uno para un lado pensando en sus cosas...
Como
veis esto no es una guía del camino, para eso ya están las del
Eroski y otras muy bien editadas y explicadas, esto es, o quiere ser,
un diario de sentimientos y de vivencias.
Comienza
un fabuloso carril bici (bidegorri) y al mismo tiempo andador (foto
75) que conecta con la Playa de La Arena (foto 76),
que es pequeña
pero que la conservan en estado virgen, allí compro provisiones en
la única tienda que hay y aprovecho para almorzar. Cruzo una
pasarela sobre el río Barbadun, ¡no lo había oído en mi vida!,
sigo aprendiendo geografía (foto 77)
y comienzo a subir una especie
de viacrucis que es una escalera de 150 escalones, empujando a mi
rucio que lo llevo por un pequeño canalillo lateral (foto78).
Una
pareja de peregrinos trata de ayudarme, agradezco su ofrecimiento,
pero bastante tienen ellos, les digo, con las “mochilonas” que
portan. He dejado atrás la localidad de Pobeña, con albergue, final
de etapa de los que van andando.
Desde
arriba, desde el acantilado, protegido por una valla de madera, se
contempla un paisaje espectacular: se suceden las playas y las calas
(fotos 79,80,81,82).
Al poco, entramos en Cantabria (foto 83). Tengo que decir que experimento una cierta sensación de alivio, aunque no pueda quejarme, para nada, de como me han tratado en estos cinco días en el Pais Vasco, pero... siempre hay un “pero”.
Me detengo frente a esta casa (foto 84) como ejemplo de las muchas que voy viendo, con flores y plantas de todo tipo que hacen la delicia de los amantes de la naturaleza. El clima húmedo y no muy frio ayuda a cultivar estas maravillas.
Después
de subir unas fuertes pendientes, desde el Alto de Saltacaballos
diviso una gran industria pegada al mar que desconozco a que se
dedica (foto 85).
Luego, otra fuerte pendiente (10 %), ahora de
bajada, hasta Castro Urdiales que se adivina al fondo (foto 86). Han
sido más de cincuenta kilómetros en los que en algunos tramos he
tenido que tirar o empujar de mi rucio, lo digo como es, sin ningún
pudor ni vergüenza.
El
albergue esta situado a las afueras, detrás de la Plaza de Toros. Es
pequeño y está a tope y aunque solamente es la una de la tarde, no
hay sitio para todos. Le propongo a Sidia, el hospitalero, un chico
joven y simpático de raza negra, de origen gambiano, que me deje
montar la tienda en el exterior junto a otras que ya están allí, le
parece bien e incluso me hace una rebaja sobre el precio y me
proporciona un colchón.
Siguen dejando la gente las mochilas encima de las camas, con el peligro que eso supone para la transmisión de parásitos, no puedo por menos de llamarles la atención y parece que no ponen muy buena cara. También comienzo a observar cosas raras en el comportamiento de algunos “peregrinos”, que ya os iré contando, en lo que se ha dado en llamar “el turismo de albergue”.
Siguen dejando la gente las mochilas encima de las camas, con el peligro que eso supone para la transmisión de parásitos, no puedo por menos de llamarles la atención y parece que no ponen muy buena cara. También comienzo a observar cosas raras en el comportamiento de algunos “peregrinos”, que ya os iré contando, en lo que se ha dado en llamar “el turismo de albergue”.
Estoy
aquí sentado en este bar-restaurante, cercano al albergue, donde he
cenado bastante bien, por cierto, el menú del peregrino por 9,50 €,
aunque con el café y una cerveza, que me había tomado antes, se ha
ido a los 12,5 €. Como son muy amables y me han dicho que me puedo
quedar todo el tiempo que quiera, he pedido un chupito de hierbas,
¡creo que me lo he ganado por la paliza que llevo!, y estoy
terminando de escribir la crónica de hoy.
Mañana,
si me levanto pronto como hoy, tengo que dar una vuelta por el casco
antiguo para sacar unas fotos con la luz de la mañana, antes de
dirigirme hacia Laredo y Guemes. Me ha recomendado el hospitalero
este albergue que, según él, es digno de ver. ¡Ah!, se me
olvidaba, le he regalado una cinta, y aunque es musulmán, la
aceptado gustoso y agradecido. ¡Al final no van a ser las religiones
las importantes, sino las personas!.













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