jueves, 10 de octubre de 2013

Día 5.- Martes 23 de Julio del 2.013.- Bilbao – Castro Urdiales.- 58 Km.


Siguiendo las indicaciones de Pablo, desciendo del monte Kobetas hasta la plaza del Sagrado Corazón (foto 69), y recorriendo una gran avenida que discurre a lo largo de la margen derecha de la ría (foto 70), me dirijo hacia el puente colgante (foto 71), ahora llamado “puente de la Patria Vasca”, para pasar a Portugalete (foto 72).

 






 Así me evito cruzar toda la zona industrial de Baracaldo y Sestao. ¡Gracias amigo!. 

Un ciclista al que pregunto si voy en la dirección correcta, me acompaña casi hasta el mismo puente, evitando un túnel peligrosísim. Se ha ganado una cinta (¡a este paso no se si me van a llegar hasta Santiago!).

A la parte alta de Portugalete se accede por unas escaleras mecánicas que más bien son unas cintas transportadoras metálicas en varios tramos, muy curiosas (foto73). También me llama la atención la escultura, un poco naif (foto74), dedicada a las pescateras que vendían su mercancía casa por casa:

“Desde Santurce a Bilbao
vengo por toda la orilla,
con la falda remangada
luciendo la pantorrilla,
vengo deprisa y corriendo
porqué me oprime el corsé
voy gritando por las calles :

¡Quien compra!
Sardinas frescué es.
Mis sardinitas
que ricas son
son de Santurce
las traigo yo … (y sigue).

¡Que recuerdos! Cuando la cantábamos con mi padre conduciendo “la rubia”, a voz en grito, junto con el resto de repertorio de canciones populares. Ahora me parece que ya no se canta en los coches como antes: los críos con la Nintendo y los padres mirando cada uno para un lado pensando en sus cosas...

Como veis esto no es una guía del camino, para eso ya están las del Eroski y otras muy bien editadas y explicadas, esto es, o quiere ser, un diario de sentimientos y de vivencias.

Comienza un fabuloso carril bici (bidegorri) y al mismo tiempo andador (foto 75) que conecta con la Playa de La Arena (foto 76), 


que es pequeña pero que la conservan en estado virgen, allí compro provisiones en la única tienda que hay y aprovecho para almorzar. Cruzo una pasarela sobre el río Barbadun, ¡no lo había oído en mi vida!, sigo aprendiendo geografía (foto 77) 
y comienzo a subir una especie de viacrucis que es una escalera de 150 escalones, empujando a mi rucio que lo llevo por un pequeño canalillo lateral (foto78). 

Una pareja de peregrinos trata de ayudarme, agradezco su ofrecimiento, pero bastante tienen ellos, les digo, con las “mochilonas” que portan. He dejado atrás la localidad de Pobeña, con albergue, final de etapa de los que van andando.

Desde arriba, desde el acantilado, protegido por una valla de madera, se contempla un paisaje espectacular: se suceden las playas y las calas (fotos 79,80,81,82).












 Al poco, entramos en Cantabria (foto 83). Tengo que decir que experimento una cierta sensación de alivio, aunque no pueda quejarme, para nada, de como me han tratado en estos cinco días en el Pais Vasco, pero... siempre hay un “pero”.

 











Me detengo frente a esta casa (foto 84) como ejemplo de las muchas que voy viendo, con flores y plantas de todo tipo que hacen la delicia de los amantes de la naturaleza. El clima húmedo y no muy frio ayuda a cultivar estas maravillas.

Después de subir unas fuertes pendientes, desde el Alto de Saltacaballos diviso una gran industria pegada al mar que desconozco a que se dedica (foto 85). 

Luego, otra fuerte pendiente (10 %), ahora de bajada, hasta Castro Urdiales que se adivina al fondo (foto 86). Han sido más de cincuenta kilómetros en los que en algunos tramos he tenido que tirar o empujar de mi rucio, lo digo como es, sin ningún pudor ni vergüenza.

El albergue esta situado a las afueras, detrás de la Plaza de Toros. Es pequeño y está a tope y aunque solamente es la una de la tarde, no hay sitio para todos. Le propongo a Sidia, el hospitalero, un chico joven y simpático de raza negra, de origen gambiano, que me deje montar la tienda en el exterior junto a otras que ya están allí, le parece bien e incluso me hace una rebaja sobre el precio y me proporciona un colchón. 
Siguen dejando la gente las mochilas encima de las camas, con el peligro que eso supone para la transmisión de parásitos, no puedo por menos de llamarles la atención y parece que no ponen muy buena cara. También comienzo a observar cosas raras en el comportamiento de algunos “peregrinos”, que ya os iré contando, en lo que se ha dado en llamar “el turismo de albergue”.

Estoy aquí sentado en este bar-restaurante, cercano al albergue, donde he cenado bastante bien, por cierto, el menú del peregrino por 9,50 €, aunque con el café y una cerveza, que me había tomado antes, se ha ido a los 12,5 €. Como son muy amables y me han dicho que me puedo quedar todo el tiempo que quiera, he pedido un chupito de hierbas, ¡creo que me lo he ganado por la paliza que llevo!, y estoy terminando de escribir la crónica de hoy.

Mañana, si me levanto pronto como hoy, tengo que dar una vuelta por el casco antiguo para sacar unas fotos con la luz de la mañana, antes de dirigirme hacia Laredo y Guemes. Me ha recomendado el hospitalero este albergue que, según él, es digno de ver. ¡Ah!, se me olvidaba, le he regalado una cinta, y aunque es musulmán, la aceptado gustoso y agradecido. ¡Al final no van a ser las religiones las importantes, sino las personas!.


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