jueves, 10 de octubre de 2013

Día 8.- Viernes 26 de Julio.- Santander – Cóbreces.- 50 Km.

Hoy me he propuesto llegar hasta Cóbreces en el que me han dicho que hay un monasterio que tiene albergue. Los albergues de los monasterios suelen estar bastante bien. Además está a medio camino entre otros dos que son final de etapa de “los que van pisando hormigas” (como les decíamos a los de Infanteria en la mili). Por supuesto sin menospreciarlos, pues ya he dicho aquí antes, que les tengo un gran respeto y admiración.



La característica de la monótona etapa de hoy, aparte de no ver el mar, ha sido una niebla que se podía cortar y un “chirimiri” del que cala. Así que un buen rato, mientras le daba a los pedales subiendo y bajando cuestas, aunque no tan pronunciadas como en días anteriores, me he dedicado a elucubrar lo que hubiera podido pasar esta noche si se hubiera producido un incendio en el albergue. No lo quiero ni pensar: con solo una puerta de salida y tantísima gente incluso por los suelos con colchonetas, además creo que las ventanas tenían rejas, no las he querido mirar para no “rayarme” (como dicen los jóvenes).



No sé como estos albergues gestionados por asociaciones sin ánimo de lucro (¡es un decir!), no pasan las inspecciones reglamentarias a las que están sometidos todos los establecimientos hoteleros. Pienso que las autoridades hacen la “vista gorda”, porque de no ser así, tendrían que cerrar la mayoría de ellos. Hasta que ocurra algo, y luego...a lamentarse y echar “balones fuera” como en el accidente de antes de ayer.


Cruzo los ríos Pas y Saja, un soto-bosque de ribera precioso que inmortalizo con mi teléfono móvil. ¡Ahora ya no hace falta ni cámara!.


”Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, como dice un personaje de la Verbena de la Paloma (fotos 116 – 120). En la foto 118 hay un puente que tiene toda la pinta de ser medieval, posiblemente sea Puente Arce, pero no os lo puedo asegurar.






Paso por Santillana sin detenerme, pues ya lo conozco, y tampoco es cosa de ponerme a hacer turismo: ”¡Oye que aquí hemos venido a por setas, no a por Rolex!”, le comento a mi rucio. 


(Pensaran que estoy loco, porque hablo solo, pero no: hablo con él)

Lo que si hago, es fotografiar un precioso chalet con unas flores que enamorarían a más de una que yo sé (foto 121)












 

Una especie de ermita o capilla me llama la atención por lo entonado de sus colores (foto 122) luego comprobaré que son los mismos del monasterio. 




Llego pronto (foto 123), el monje que sella no está, pero una señora que nos atiende nos da la llave de un edificio de planta baja separado del resto. Una peregrina extranjera que estaba cuando he llegado, hecha un vistazo al interior y se va. No sé si es que no le gusta, o es que tiene miedo porque estamos solos los dos. No sabe que soy inofensivo, (¡porque no tengo otro remedio, claro!). A mí el sitio no me parece nada mal, por lo menos no estaremos tan apretados como en Santander.


Despues llegan otros ciclistas: un padre con sus dos hijos adolescentes y otros dos que son hermanos, todos catalanes. Muy amables me dicen que ya está el monje y que se puede pagar y sellar, por este orden.



El pueblo está un poco alejado del monasterio y subo andando una cuesta en la que hay una iglesia magnífica (foto 124) de unas proporciones que me parecen exageradas para un pueblo tan pequeño. 




Luego sabré por el de la tienda, que está muy deteriorada por falta de mantenimiento, como también una gran casona que fue convento de monjas.



A la entrada, en la carretera, hay un restaurante que tiene buena pinta, pero es un poco pronto para cenar y tendría que esperar. En la barra, donde tomo un vino, inmortalizo a una muñeca con el traje típico, anunciando que están en fiestas (foto 125). 
Pero yo no estoy para fiestas, ¡que mañana tengo que madrugar y continuar dándole a los pedales!



“¡Hasta mañana corazones!” (que dice la de la tele).




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