
Es muy temprano cuando, con cuidado
para no despertar a mis vecinos de las tiendas contiguas, monto en mi
rucio y me acerco al casco antiguo. Hace un día espléndido y la luz
es excelente para sacar fotos (fotos 87,88,89, 90,91,92,93,94,95,96)

Una amable empleada de la limpieza me
indica un bar que está abierto a estas horas. Justo enfrente, debajo
de unos soportales al lado del Ayuntamiento, y se llama “La
Cierbatana” (que no la cerbatana). El dueño, un simpático joven
llamado José Ignacio, me explica que el nombre proviene de la
antigua dueña que lo fundó en los años cuarenta y que era natural
de Cierbana. Lo conserva tal y como se inauguró, con todo el sabor
de las cosas antiguas. Me prepara un desayuno con dos tostadas de
mermelada casera de tomate. Cual será mi sorpresa cuando al ir a
pagar dice que estoy invitado. Estoy en deuda con él y como no llevo
las alforjas, me desplazo hasta el albergue para regalarle una cinta.
Como es ciclista la colocará en su bicicleta.
Desde Islares se divisa una bonita
vista de la ría de Oriñon (foto 97).
Después de subir un par de
cuestas grandes y de cruzarme con una extraño vehículo de un
peregrino holandés que vuelve de Santiago (fotos 98,99)

he llegado pronto a Laredo (fotos 100,101), hay mucho tráfico, por lo que decido largarme de esta población turística, que ya conozco, con intención de llegar hasta Güemes.

Al salir decido continuar por la 634 que me parece un trayecto mas corto en vez de pasar por Santoña y El Dueso (por el que ya pasé y que tan malos recuerdos me trae solo con nombrarlo). Enseguida me doy cuenta que me he equivocado, aparte de la vuelta tan grande que estoy dando, la gran cantidad de tráfico al pasar por Colindres y el calor.
Adelanto a una pareja de bicigrinos,
él lleva un remolque de los de llevar niños, pero no lleva un niño:
¡lleva un perro, que es el que mejor va de los tres con diferencia!.
Estoy tan harto, que no tengo ganas ni de hacerles una fotografía.
No aparece el desvío de Güemes. De repente tomo una decisión, me
voy a detener en este hostal de carretera por el que acabo de pasar.
¡Mañana será otro día!
Es también bar-restaurante. El dueño, un tipo algo extraño, me pide 18 €. Parece un poco caro, pero es una habitación doble con baño y televisión. Aprovecho para hacer colada, descansar en cama-cama y comerme medio melón pequeño y una ensalada de tomate que he comprado al entrar en Laredo. También para darme masaje en las piernas, afeitarme y hacer selección de las cosas que quiero mandar a casa desde Santander: algo de ropa de abrigo y los utensilios de cocina. Me he dado cuenta que: ¡malditas las ganas que tengo de cocinar cuando llego al final de cada etapa!. Calculo unos dos kilos. ¡Bueno será quitárselos de encima a mi rucio!. Sin embargo traer la tienda, aunque pese 4,200 Kg., ha sido un acierto, porque ayer por ejemplo, si no hubiera sido por la tienda, no hubiera podido quedarme en el albergue.
Soy el único cliente del hostal. No
se porqué, cuando me estoy duchando, me acuerdo de la película de
Psicosis, será por el “careto” del dueño. Bajo pronto a cenar y
tengo tiempo de intimar con la camarera, mientras tomo una cerveza
haciendo tiempo.
Por ella se, que “la cosa” está
un poco floja y que casi todo el tráfico se va por la autovía y
solo algún camionero se detiene para cenar y hacer su descanso
reglamentario. Pero estos no usan las habitaciones pues duermen en la
cabina. Menos mal que el negocio lo llevan en plan familiar. Le
regalo una cinta que la pondrá en su moto.
También he observado cuando me daba
la llave esta mañana, que le tiene respeto a su jefe, yo diría que
incluso miedo.
Somos solo tres a cenar, dos
camioneros y yo. En el comedor una señora muy mayor que creo que es
la madre de él (otra vez la película). Nos sirve la propietaria,
de edad indefinida y muy simpática, que al enterarse que le he
regalado una cinta a su empleada se confiesa muy devota de la Virgen
del Pilar, por lo que tengo que regalarle otra. También hay una
chica joven, la hija, pendiente del ordenador pero que no de ayudar
en el bar, ni en el comedor.
Después de cenar, uno de los
camioneros nos invita a tomar una copa sentados en el porche de la
entrada, que al final se convierte en tres, por la manía de los
españoles de pagar cada uno una ronda. Hace una noche excelente y la
sobremesa se alarga solo interrumpida por algún “ciervo volador”
o como los llama el camionero gallego: “vaca moura”, son unos
escarabajos gigantes que no se deben matar porque ser una especie
protegida.
Entonces, aparece el dueño que viene
de trabajar. Me entero que el hostal es de su mujer y que él desde
hace bastantes años es funcionario en El Dueso. O sea, carcelero.
¡No quería pasar por allí y he tenido que darme de bruces! Intento
preguntarle algo sobre el penal, pero no suelta prenda. Todo lo más
que dice, es que tiene ganas de jubilarse y dejarlo, que ya son
muchos años los que lleva. ¡Lo que sus ojos y oídos habrán visto
y oído!
Por la televisión están dando
noticias muy alarmantes de un accidente ferroviario en Santiago con
bastantes muertos y heridos. Un poco preocupado me retiro a descansar
después de despedirme de los camioneros y del matrimonio. Estoy muy
cansado y pronto me dormiré.
¡No sé que le pasa a esta cerraja
de la puerta que no cierra, voy a poner una silla inclinada no vaya a
venir Anthony Perkins!...








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